El Primer loco
El Primer loco —¿Cómo estamos? —me preguntó algún tiempo después el buen fraile—. ¿Vamos mejorando? Porque si el mal persistiese —añadió— (y se me antoja que sÃ) volverÃamos contra ellos con todo el poder que el Señor nos ha otorgado. Haylos, sin embargo, tenaces, y que se resisten (quizá obedeciendo a altos designios de la Providencia) a abandonar su presa, aun cuando se usen con ellos remedios supremos. En este caso, amigo mÃo, es fuerza resignarse, como a un castigo que acaso merecemos, al mal que nos aqueja; porque no se pueden contrarrestar las corrientes que vienen de lo alto, y lo único que resta que hacer al enfermo es ponerse a bien con el Todopoderoso, hacer vida ejemplar y esperar humildemente la muerte, ya que, con maleficios o sin ellos, nadie ha de verse libre de sus garras.