El Primer loco

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Capítulo III

Proseguí, sin embargo, volviendo al bosque, pues como cosa de milagro tornara a familiarizarme con cuanto allí había sido en otro tiempo grato a mi corazón. Tras de las locuras a que solía entregarme en la ciudad, venía aquí, como quien dice, a reparar mis fuerzas y a saborear el recuerdo de mis abominaciones y venganzas. Bajo la sombra de estos robles hallaba siempre a Esmeralda, que me salía al paso los primeros días en que nos conocimos para preguntarme cómo iba de mi herida y después por el estado de mi salud; porque aquella pobrecilla se había empeñado en creerme enfermo a pesar de que nunca me oyó quejar de cosa alguna.

Me parece haberte dicho que me había vuelto repentinamente poco menos que perverso. Tan cambiado y tan fuera del centro en que había vivido me encontraba que me desconocía a mí mismo. No acertaría, por lo tanto, a explicarte cómo dejé que Esmeralda llegase hasta mí, ni que maneras y lenguaje pude emplear con aquella muchacha que no parecía campesina ni por lo delicado de su belleza, ni por el señorío de sus maneras, ni por la calidad de sus sentimientos. Lo que sí comprendí desde luego, pues era como vaso en que todo se transparentaba, fue que sentía hacia mí una de esas atracciones fatales que nos llevan tras de un ser dado, como la corriente lleva a la hoja marchita hacia el mar, y el viento la arista hacia el río.


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