Poemas & Elegias
Poemas & Elegias No puedo callar, diosas, en qué circunstancias de mi vida Alio me socorrió o con cuántos buenos oficios me ayudó. El tiempo que vuela en un curso de siglos olvidadizos no cubra de 45 noche cegadora este celo suyo. Pero os lo diré a vosotras; vosotras decidlo a muchos miles de personas y haced que este papel hable, llegado a viejo,*** y muerto, sea cada vez más famoso y la araña, tejiendo su fina tela en las alturas, no haga su 50 trabajo en el olvidado nombre de Alio. Pues sabéis qué dolor me ocasionó Amatusia[221] engañosa y de qué manera me abrasó, cuando yo ardÃa tanto como lo hace la roca Trinacria y la fuente de Malia en las Termopilas del Eta, y no cesaban de hinchar55 se mis tristes ojos de ininterrumpido llanto, ni de empaparse mis mejillas de doliente lluvia de lágrimas. Como el rÃo que brilla en la cima de una alta montaña salta desde rocas cubiertas de musgo y, cuando éste ha girado en torbellino, cae torrencialmente desde la pendiente de un valle, cruza un camino muy 60 frecuentado, dulce alivio para el caminante agotado y sudoroso, mientras el duro estÃo corta los campos requemados, y, como a los marineros, arrojados en medio de negra tormenta, les llega una brisa favorable que sopla más suave, respuesta a 65 las plegarias ya a Cástor, ya a Pólux, asà me sirvió de ayuda Alio. Él abrió con un amplio sendero la llanura cerrada y él nos ofreció casa a mà y a mi dueña, en la que Ãbamos a ejercitar nuestros mutuos juegos amorosos. Allà mi radiante diosa se di70 rigió con suave paso, y en el gastado umbral hincó sus plantas refulgentes apoyadas en crujiente sandalia, como un dÃa, ardiente de amor, LaodamÃa[222] llegó a la casa de su esposo Protesilao, en vano empezada, porque todavÃa no habÃa pacificado 75 una vÃctima con sacrificios de sangre a los señores del cielo. ¡Nada me agrade tanto, virgen ramnusia, como actuar a mi arbitrio, sin el consentimiento de los dioses! Cuánto un ara vacÃa echa de menos la sangre piadosa, lo aprendió LaodamÃa con la 80 pérdida de su marido, forzada a soltar el cuello de su esposo reciente, antes de que uno y otro invierno, volviendo con sus largas noches, hubiera satisfecho su codicioso amor, para po85 der sobrevivir, interrumpido el matrimonio que no mucho después se perderÃa; —lo sabÃan las Parcas—, si él, como soldado, atacaba las murallas de Ilion. Pues entonces, ante el rapto de Helena, Troya habÃa empezado a convocar a los principales jefes argivos, Troya (¡oh, sacrilegio!), sepulcro común de Asia y 90 Europa, pira cruel de todos los hombres valientes. Hasta ella ocasionó una miserable muerte a mi hermano. Ay, hermano mÃo, perdido para mÃ, desdichado; ay, luz alegre arrebatada a su desgraciado hermano: contigo toda nuestra casa se derrum95 bó, contigo murió todo mi contento, que tu dulce amor alimentaba en vida. A él, ahora tan lejos enterrado no entre sepulcros conocidos, ni cerca de cenizas de parientes, sino sepultado en 100 una Troya siniestra, en una Troya desgraciada, una tierra extraña en los confines del mundo lo retiene. Hacia ésta, se dice, jóvenes griegos <escogidos> de todos lados presurosos abandonaron sus hogares y sus penates, para que Paris, alegre por el rapto de la adúltera, no disfrutara de su ocio libremente en un 105 tálamo en paz. Por este azar, entonces, a ti, hermosÃsima LaodamÃa, te fue destrozado aquel matrimonio más querido que tu vida y que tu alma. La ola amorosa, absorbiéndote en medio de un torbellino tan grande, te habÃa arrojado al fondo de un abismo abrupto, tal como —según los griegos— el que[223], cerca de 110 Feneo de Cilene, deseca, absorbida el agua del pantano, el suelo feraz que, dicen, socavó un dÃa, cortadas las entrañas del monte, el falso hijo de Anfitrión[224], en la época en que con certera flecha abatió los monstruos de Estinfalo por orden de un amo indigno de él, para que la puerta del cielo fuese desgasta115 da por más dioses y para que Hebe[225] no fuera de prolongada virginidad; pero tu profundo amor lo fue más que aquel abismo, que te enseñó a que tú, todavÃa sin casar, soportaras el yugo. Pues la hija única de un padre de extrema edad no crÃa con tanto cariño un nieto nacido tarde, y aquél, cuando al fin 120 encontró heredero para los bienes patrimoniales, inscribió su nombre en el registro testamentario, privando de impÃos goces a un pariente burlado y espanta de su canosa cabeza a aquel buitre. Ni disfrutó tanto ninguna paloma con su compañero 125 blanco de nieve, y eso que se dice que roba besos en un constante picoteo con más desenfreno que la mujer que es sobre todo ardiente. Pero tú sola superaste sus grandes pasiones, en cuanto te uniste a tu rubio marido.130