Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Advierte, Sancho —dijo don Quijote—, que yo veo poco, o aquel bulto y aquella gran sombra que desde aquà se descubre debe ser el palacio de Dulcinea.
—Pues guÃe vuestra merced —respondió Sancho—, que asà lo creeré yo como creer que es ahora de dÃa.
Guió don Quijote y, habiendo andado como doscientos pasos, dio con el bulto que hacÃa la sombra, y vio que el tal edificio no era alcázar sino la iglesia del pueblo. Y dijo:
—Con la iglesia hemos dado, Sancho.
—Ya lo veo —respondió Sancho—. Y quiera Dios que no demos con nuestra sepultura, que no es buena cosa andar por los cementerios a tales horas. Mejor será, señor, que nos salgamos fuera de la ciudad, y que vuestra merced se embosque en alguna floresta cercana, y yo volveré de dÃa y hablaré con mi señora sin menoscabo de su honra y fama.
Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, para que no averiguase la mentira de la respuesta que de parte de Dulcinea le habÃa llevado a Sierra Morena, y asÃ, a dos millas del lugar, hallaron una floresta donde se emboscaron.