Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Yo iré y volveré presto —dijo entonces Sancho—. Ensanche vuestra merced ese corazoncillo, y considere que se suele decir que buen corazón quebranta mala ventura, y también se dice que donde no se piensa, salta la liebre.
—Me dé Dios ventura en lo que deseo como tú das refranes —dijo don Quijote.
Y se quedó, lleno de confusas y tristes imaginaciones, donde le dejaremos, yéndonos con Sancho Panza, que no menos confuso y pensativo se apartó de su señor, comenzando a hablar consigo mismo y a decirse:
—«Sepamos ahora, Sancho hermano, adónde va vuestra merced. ¿Va a buscar algún jumento que se le haya perdido?» «No, por cierto. Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa en la ciudad del Toboso.» «¿Y habéisla visto por ventura?» «Ni yo ni mi amo la hemos visto jamás. ¡El diablo, el diablo me ha metido a mà en esto, que otro no! Ahora bien: todas las cosas tienen remedio, salvo la muerte. Este mi amo es un loco de atar, y yo soy más mentecato que él, si es verdadero el refrán que dice: No con quien naces, sino con quien paces. Siendo, pues, loco, como lo es, no será muy difÃcil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquÃ, es la señora Dulcinea. Y cuando él no lo crea, juraré yo; y, si él jurare, tornaré yo a jurar. Quizás, viendo el resultado, no me envÃe otra vez a semejantes mensajerÃas.»