Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Pero don Quijote volvió a dar prisa al leonero y saltó del caballo, temiendo que Rocinante se espantaría a la vista de los leones. Abrió el leonero de par en par la primera jaula donde estaba el león, el cual lo primero que hizo fue revolverse y desperezarse. Abrió luego la boca y bostezó muy despacio con dos palmos de lengua fuera. Hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con ojos como brasas. Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro. Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y, con gran flema y remanso, se volvió a echar en la jaula.

—¿Qué te parece, Sancho? —dijo Don Quijote—. ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía?

Luego dio unos escudos al leonero, quien prometió contarle aquella valerosa hazaña al mismo rey, cuando en la corte le viese.

—Pues si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, le diréis que el Caballero de los Leones, que de aquí en adelante quiero que en éste se trueque el nombre que hasta aquí he tenido de el Caballero de la Triste Figura.


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