Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Todos volvieron la cabeza y vieron que daba las voces un hombre vestido de negro que traía en las manos un bastón grande. Luego fue conocido de todos como el gallardo Basilio, y quedaron suspensos temiendo algún mal suceso, pues sabían que estaba enamorado de la novia.

—Bien sabes, ingrata Quiteria —dijo Basilio con voz temblorosa y ronca—, que, viviendo yo, tú no puedes tomar esposo. ¡Muera pues el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha y le puso en la sepultura!

Y, diciendo esto, desenvainó medio estoque del bastón y se arrojó sobre él, mostrando la punta sangrienta a las espaldas. Acudieron sus amigos a socorrerle, y quisiéronle sacar el estoque, pero el cura fue del parecer que no se lo sacasen antes de confesarle, porque el sacárselo y el expirar sería todo a un tiempo. Pero, volviendo un poco en sí Basilio, con voz doliente y desmayada dijo:

—Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este último trance la mano de esposa, aún pensaría que mi temeridad tendría disculpa.



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