Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Diciendo y haciendo, desenvainó la espada y, con nunca vista furia, comenzó a llover cuchilladas sobre la titiritera morisca, derribando a unos, descabezando a otros y, entre otros muchos, dio un espadazo tal que, si maese Pedro no se agazapa, le cercena la cabeza con más facilidad que si fuera hecho de mazapán. Daba voces maese Pedro, diciendo:

—¡Deténgase, señor don Quijote, que esos que destroza y mata son figurillas de pasta! ¡Mire que echa a perder toda mi hacienda!

Sosegose entonces don Quijote y dijo:

—Real y verdaderamente os digo, señores, que a mí me pareció que todo lo que aquí ha pasado pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don Gaiferos, y Marsilio Marsilio. Por eso se me alteró la cólera, y quise dar ayuda y favor a los que huían, y con este buen propósito hice lo que habéis visto. Si me ha salido al revés no es culpa mía, sino de los malos encantadores que me persiguen y me truecan las figuras en lo que ellos quieren. Y, aunque mi error no ha procedido de malicia, quiero yo mismo condenarme en costas: vea maese Pedro que me ofrezco a pagarle las figurillas deshechas en buena y corriente moneda castellana.


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