Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha Por sus pasos contados y por contar, dos dÃas después llegaron don Quijote y Sancho al rÃo Ebro. Y sucedió que, al ponerse el sol, tendió don Quijote la vista por un verde prado y vio gente, y, llegándose cerca, conoció que eran cazadores de altanerÃa. Entre ellos vio a una gallarda señora que tenÃa un azor en la mano izquierda, señal que le dio a entender ser aquélla una gran señora. Y, asÃ, dijo a Sancho:
—Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora que yo, el Caballero de los Leones, besa las manos a su gran fermosura. Y mira cómo hablas, y cuida de no encajar algún refrán de los tuyos en tu embajada.
—¡A mà con eso! —respondió Sancho—. ¡No es ésta la vez primera que he llevado embajadas a altas y crecidas señoras! Pero al buen pagador no le duelen prendas; quiero decir que a mà no hay que decirme ni advertirme de nada.
Partió Sancho de carrera y, puesto de hinojos ante la bella cazadora, le dijo:
—Hermosa señora, aquel caballero, mi amo, llamado el Caballero de los Leones, que no ha mucho que se llamaba de la Triste Figura, envÃa por mà a decirle a vuestra grandeza sea servida de darle licencia para servir a vuestra encumbrada altanerÃa y fermosura.