Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Yo asà lo haré —respondió el muchacho, y prosiguió diciendo—: Esta figura que aquà aparece a caballo es la misma de don Gaiferos, y su esposa, desde los miradores de la torre, habla con él creyendo que es algún pasajero. Basta ahora ver cómo don Gaiferos se descubre, y que por los alegres ademanes de Melisendra se nos da a entender que le ha reconocido… Y ved cómo llega don Gaiferos y de un brinco la pone sobre las ancas de su caballo, a horcajadas como hombre, y cómo vuelven las espaldas, y alegres y regocijados toman de ParÃs la vÃa. ¡Vais en paz, oh verdaderos amantes! ¡Lleguéis sanos y salvos a vuestra deseada patria!
—Llaneza, muchacho —alzó otra vez la voz maese Pedro—; que toda afectación es mala.
No respondió nada el intérprete, antes prosiguió:
—Miren ahora con qué prisa dieron la noticia al rey Marsilio, y cuánta y cuán lucida caballerÃa sale de la ciudad en seguimiento de los dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántos tambores que retumban. Témome que los han de alcanzar, y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que serÃa un horrendo espectáculo.
—No lo consentiré yo —dijo en voz alta don Quijote, levantándose en pie—. ¡Deteneos, mal nacida canalla! ¡No les sigáis ni persigáis, o contra mà entraréis en batalla!