Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia, a pesar del autor de este libro que aquà os entrego, que ha querido usurpar vuestro nombre.
Don Quijote comenzó a hojearlo, y de allà a un poco se lo devolvió, diciendo:
—En esto poco que he visto he hallado cosas dignas de reprensión. Y puesto que en él se dice que entré en Zaragoza, no pondré los pies allÃ, y asà echarán de ver las gentes que yo no soy el don Quijote que él dice.
—Hará muy bien —le respondieron—, porque hay otras justas y torneos en Barcelona, donde podrá el señor don Quijote mostrar su valor.
—Asà lo pienso hacer —dijo don Quijote.
Sucedió que en más de seis dÃas no le sucedió cosa digna de ponerse en escritura. Al cabo de los cuales, yendo fuera del camino, le tomó la noche entre sus espesas encinas. Apeáronse de sus bestias amo y mozo, cuando Sancho sintió que le tocaban en la cabeza, y, alzando las manos, topó con dos pies de persona. Tembló de miedo y dio voces llamando a don Quijote, que le socorriese. Tentó los pies don Quijote, cayó enseguida en la cuenta de lo que podÃan ser y dijo a Sancho: