Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no ves, sin duda son de bandoleros que en estos árboles están ahorcados, pues por aquà los ahorca la justicia cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta. Por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona.
Ya en esto amanecÃa y, si los muertos los habÃan espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos que de improviso los rodearon, diciéndoles en lengua catalana que se estuvieran quietos hasta que llegase su capitán. Acudieron luego los bandoleros a no dejar ninguna cosa de cuantas el rucio en las alforjas traÃa, y a escardar lo que entre cuero y carne llevara escondido Sancho.
Llegó en esto su capitán, el cual mostró ser de hasta treinta y cuatro años. VenÃa sobre un poderoso caballo, y con cuatro pistoletes —que en aquella tierra llaman pedreñales— a los lados. Vio que sus escuderos, que asà llaman a los que andan en aquel ejercicio, iban a despojar a Sancho Panza. Mandoles que no lo hiciesen, y asà se salvó la bolsilla con los escudos. Admirole ver la lanza arrimada a un árbol, y a don Quijote armado y pensativo, con la más triste figura que pudiera formar la misma tristeza. Llegose a él, diciéndole:
—No estéis tan triste, buen hombre, porque habéis caÃdo en las manos de Roque Guinart, que tienen más de compasivas que de rigurosas.