Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha Oyendo lo cual todos quedaron atónitos, y más viendo que alrededor de la mesa no habÃa persona humana que responder pudiese. Y, como las mujeres de ordinario son amigas de saber, la primera que se acercó fue una de ellas, y lo que preguntó fue:
—Dime, cabeza, ¿qué haré para ser muy hermosa?
—Sé muy honesta.
—No te pregunto más —dijo la preguntanta.
—Dime, cabeza —dijo uno de los amigos de don Antonio—, ¿qué deseo tiene mi hijo mayor?
—Yo no juzgo de deseos —fue la respuesta—, pero, con todo, te sé decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.
Llegose luego don Quijote y dijo:
—¿Fue verdad o sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi escudero? ¿Tendrá efecto el desencanto de Dulcinea?
—A lo de la cueva —respondiéronle—, hay mucho que decir: de todo tiene. Los azotes de Sancho irán despacio. El desencanto de Dulcinea llegará a debida ejecución.
El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue:
—¿Por ventura, cabeza, tendré otro gobierno? ¿Saldré de la estrechez de escudero?