Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Tú eres loco, y, si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal, pero tienes la propiedad de volver mentecatos a cuantos te tratan y comunican. Si no, mÃralo por estos señores que te acompañan.
—Hermano —dijo don Antonio—, seguid vuestro camino y no deis consejos a quien no os lo pide.
Al otro dÃa, quiso don Antonio hacer la experiencia de una cabeza encantada que, según él, tenÃa. Y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, y dos señoras, se encerró en la estancia donde estaba la cabeza, la cual era de bronce y estaba puesta sobre un pedestal, al modo de las cabezas de los emperadores romanos.
—Esta cabeza, señor don Quijote —dijo don Antonio—, ha sido fabricada por uno de los mayores hechiceros que ha tenido el mundo, y tiene la virtud de responder a cuantas cosas al oÃdo le preguntaren.
El primero que se llegó al oÃdo de la cabeza fue el mismo don Antonio, y dÃjole:
—Dime, cabeza: ¿qué pensamientos tengo yo ahora?
Y la cabeza le respondió, sin mover los labios:
—Yo no juzgo de pensamientos.