Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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—Gobernarás en tu casa, cuando vuelvas a ella —le respondieron—, y, dejando de servir, dejarás de ser escudero.

Con esto se acabaron las preguntas, pero no la admiración de todos, excepto de los dos amigos de don Antonio, que el secreto sabían. Y dice Cide Hamete que la cabeza y su pedestal estaban todos huecos, con un cañón de hoja de lata que venía a dar a otro aposento debajo, donde se ponía un sobrino de don Antonio, estudiante agudo y discreto, que daba las respuestas. Y dice más Cide Hamete: que hasta diez o doce días duró esta maravillosa máquina, porque luego, habiéndose divulgado la hechicería por la ciudad, don Antonio tuvo que declarar el caso a los despiertos centinelas de nuestra Fe, y los señores inquisidores le mandaron que la destruyese, para que el vulgo ignorante no se escandalizase.

Diole gana otro día a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie, y sucedió que yendo por una calle alzó los ojos y vio escrito sobre una puerta: aquí se imprimen libros, de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto imprenta alguna. Allí le fue presentado un traductor del toscano a la lengua castellana, y dijo don Quijote:


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