Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Me parece que el traducir de una lengua a otra es como mirar tapices por el revés. No por eso digo que no sea loable este ejercicio del traducir, porque en otras cosas peores se podrÃa ocupar el hombre, y que menos provecho le trajesen. Y asÃ, dÃgame vuestra merced: de este libro, ¿tiene ya vendido el privilegio a algún editor?
—Por mi cuenta lo imprimo —respondió el autor—, y pienso ganar con él mil ducados, por lo menos.
—Bien parece que vuestra merced no sabe de cuentas —respondió don Quijote.
—Pues ¿qué? —dijo el autor—. ¿Quiere vuestra merced que se lo dé a un editor por tres maravedÃs, y aún piense que me hace un favor al dármelos?
—Dios le dé a vuestra merced buena suerte —respondió don Quijote.
Cuenta la historia que una mañana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas sus armas, vio venir hacia él un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traÃa pintada una luna resplandeciente. El cual, en altas voces, le dijo: