Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Insigne y alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna. Vengo a contender contigo, en razón de hacerte confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso. Y, si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfacción sino que te retires a tu lugar, dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras.
Don Quijote quedó suspenso y atónito, asà de la arrogancia del Caballero de la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba, y con reposo y ademán severo le respondió:
—Caballero de la Blanca Luna, de cuyas hazañas no han llegado hasta mà noticia, yo osaré jurar que jamás habéis visto a la ilustre Dulcinea. Tomad, pues, la parte de campo que quisieres, que yo haré lo mismo. Y a quien Dios se la diera, San Pedro se la bendiga.
Volvieron ambos las riendas a sus caballos, y el de la Blanca Luna chocó a la carrera con tan poderosa fuerza contra don Quijote, que dio con él y con Rocinante por el suelo, en una peligrosa caÃda. Fue luego sobre él y le dijo:
—Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafÃo.
Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma dijo: