Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo ni de los acostumbrados sonetos y elogios que al principio de los libros suele ponerse. Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer este prefacio que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribirlo, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y estando yo suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, entró de pronto un amigo mío, el cual, viéndome tan meditativo, me preguntó la causa, y yo le dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que ni quería hacerlo, ni menos sacar a la luz sin él las hazañas de tan noble caballero.
—Porque, ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el vulgo cuando vea que, con todos mis años a cuestas, salgo ahora con una leyenda falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones ni anotaciones como veo tienen otros libros, aunque sean profanos, tan llenos de sentencias de toda la caterva de filósofos, que admiran a los lectores y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes?
Oyendo lo cual mi amigo, disparando una carcajada, me dijo: