Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —¿Qué te parece, Sancho amigo? —dijo a este punto don Quijote—. ¿No te lo dije yo? Mira si ya tenemos reino que mandar y reina con quien casar.
Sancho dio dos zapatetas en el aire, con muestras de grandÃsimo contento, y fue a besarle las manos a Dorotea, en señal que la recibÃa por su reina y señora.
—De nuevo confirmo el don que os he prometido —dijo entonces don Quijote—, pero no es posible para mà el casarme.
Pareciole tan mal a Sancho lo que últimamente su amo dijo, que, con gran enojo, alzó la voz diciendo:
—Voto a mÃ, que no tiene vuestra merced cabal juicio. Pues, ¿cómo es posible que dude en casarse con tan alta princesa? ¿Es, por dicha, más hermosa mi señora Dulcinea? Cásese, cásese luego, y tome ese reino que le viene a las manos de balde, y, en siendo rey, hágame marqués o adelantado.
Don Quijote, que tal blasfemia oyó decir contra su señora Dulcinea, no lo pudo sufrir, y le dio tales dos palos, que dio con Sancho en tierra.
—¿No sabéis vos, gañán, faquÃn, bellaco —dijo al cabo de un rato—, que, si no fuese por el valor que Dulcinea infunde en mi brazo, no lo tendrÃa yo para matar una pulga?
Sancho se fue a poner detrás del palafrén de Dorotea, y desde allà dijo a su amo: