Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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—Cásese vuestra merced de momento con esta reina, ahora que la tenemos como llovida del cielo, y después puede volver con mi señora Dulcinea; que reyes debe de haber en el mundo que son amancebados. En lo de la hermosura no me entrometo, que las dos me parecen bien, puesto que yo nunca he visto a la señora Dulcinea.

—¿Cómo que no la has visto, traidor blasfemo? —dijo don Quijote—. ¿Pues no acabas de traerme un recado de su parte?

—Digo que no la he visto tan despacio —respondió Sancho— que pueda haber notado en detalle su hermosura, pero así, a bulto, me parece bien.

—Ahora te disculpo —dijo don Quijote—, y perdóname el enojo que te he dado. Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar, y dime ahora sin rencor alguno: ¿Dónde, cómo y cuándo hallaste a Dulcinea? ¿Qué hacía? ¿Qué rostro puso cuando leía mi carta? ¿Qué te respondió? A buen seguro que la hallaste ensartando perlas o bordando un escudo en oro.

—No la hallé —respondió Sancho—, sino ahechando dos fanegas de trigo en el corral de su casa.

—Pero no me negarás, Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste una fragancia aromática, como si estuvieras en la tienda de algún curioso guantero?


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