Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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—Lo que sé decir —dijo Sancho— es que sentí un olorcillo algo hombruno. Y debía ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada.

—Te debiste oler a ti mismo, porque yo sé bien a qué huele aquel lirio del campo. Y bien —prosiguió don Quijote—, ¿qué hizo cuando leyó la carta?

—La carta —dijo Sancho— no la leyó, porque dijo que no sabía leer ni escribir. La rasgó y la hizo menudos pedazos, diciendo que no la quería dar a leer a nadie, porque no se supiesen sus secretos. Finalmente me encargó que dijese a vuestra merced que le besaba las manos, y que le suplicaba y mandaba que se saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates. Preguntele si había ido allá el vizcaíno de marras, y díjome que sí. También le pregunté por los galeotes, mas díjome que hasta entonces no había visto ninguno.

—Todo va bien hasta ahora —dijo don Quijote—. Pero, ¿sabes de qué estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y viniste por los aires, pues poco más de tres días has tardado en ir y venir más de treinta leguas. Será que algún sabio amigo te debió de llevar en volandillas, sin que tú lo sintieses.

—Así será —dijo Sancho.


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