Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda Teníale a Auristela de las manos Sinforosa, bañándoselas en lágrimas, en tanto que estas tiernas razones la decía. Acompañábale en ellas Auristela, juzgando en sí misma cuáles y cuántos suelen ser los aprietos de un corazón enamorado; y, aunque se le representaba en Sinforosa una enemiga, la tenía lástima; que un generoso pecho no quiere vengarse cuando puede, cuanto más que Sinforosa no la había ofendido en cosa alguna que la obligase a venganza: su culpa era la suya, sus pensamientos los mismos que ella tenía, su intención la que a ella traía desatinada; finalmente, no podía culparla, sin que ella primero no quedase convencida del mismo delito. Lo que procuró apurar fue si la había favorecido alguna vez, aunque fuese en cosas leves, o si con la lengua o con los ojos había descubierto su amorosa voluntad a su hermano.
Sinforosa la respondió que jamás había tenido atrevimiento de alzar los ojos a mirar a Periandro, sino con el recato que a ser quien era debía, y que al paso de sus ojos había andado el recato de su lengua.