Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda Veis aquí a nuestros peregrinos, a Ricla con la criatura en los brazos, a Periandro con la cadena al cuello, a Antonio el mozo sin dejar de tener flechado el arco, y al padre en postura de desenvainar el estoque, que de bordón le servía, y a Auristela confusa y atónita del estraño suceso, y a todos juntos admirados del estraño acontecimiento, cuya salida fue por entonces que aconsejó Auristela que, como mejor pudiesen, llegasen a la majada de los boyeros, donde podría ser hallasen remedios para sustentar aquella recién nacida criatura, que, por su pequeñez y la debilidad de su llanto, mostraba ser de pocas horas nacida. Hízose así; y apenas llegaron a la majada de los pastores, a costa de muchos tropiezos y caídas, cuando, antes que los peregrinos les preguntasen si eran servidos de darles alojamiento aquella noche, llegó a la majada una mujer llorando, triste, pero no reciamente, porque mostraba en sus gemidos que se esforzaba a no dejar salir la voz del pecho. Venía medio desnuda, pero las ropas que la cubrían eran de rica y principal persona. La lumbre y luz de las hogueras, a pesar de la diligencia que ella hacía para encubrirse el rostro, la descubrieron, y vieron ser tan hermosa como niña, y tan niña como hermosa, puesto que Ricla, que sabía más de edades, la juzgó por de diez y seis a diez y siete años.