Cuentos de Canterbury

Cuentos de Canterbury

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—¡Ya esta bien, señor! Esto es ignotum per ignotius (es decir, «explicar lo desconocido mediante lo más desconocido aún»). Por favor, ¿qué es Magnesia, señor?

—Digamos que es un líquido compuesto de los cuatro elementos —replicó Platón.

—Querido maestro, decidme, si os place, el principio esencial de este líquido.

—Ciertamente, no —contestó Platón—. Todos los alquimistas están ligados por juramento de que nunca lo revelarán a nadie ni, incluso, lo escribirán en un libro. Pues es algo tan querido y precioso a Cristo, que Él no desea que se revele, salvo cuando plazca a su Mente Divina inspirar a los hombres; a los demás se lo prohíbe, porque El así lo desea. Eso es todo.

Así termino: ya que Dios en el Cielo no desea que los alquimistas expliquen cómo puede descubrirse esa piedra, a mi modo de ver, lo mejor que puede hacerse es dejarlo correr.

Nunca prosperará quien haga de Dios su adversario, trabajando contra su voluntad. No lo logrará, así se esté alquimizando hasta el término de sus días.

Aquí me quedo. Mi cuento ha terminado. Que Dios envíe a todos los hombres buenos remedio para sus penas.

Aquí termina el cuento del criado del canónigo.


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