Cinco obras en un acto

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SCHIPUCHIN.—Los empleados acaban de obsequiarme con un álbum, y la directiva del Banco, según he oído decir, piensa ofrecerme un pergamino y un jarrón de plata… (Jugando con el monóculo.) No está mal… No está de más… Para el prestigio del Banco, qué diablo, es necesaria cierta pompa… Aquí es usted uno de los nuestros, y es natural que lo sepa todo… Este pergamino ha sido compuesto por mí…, como igualmente he sido yo quien compró el jarrón de plata… También la encuadernación del pergamino costó cuarenta y cinco rublos; pero, sin embargo, son cosas de las que no se puede prescindir… A ellos solos no se les hubiera ocurrido. (Mirando a su alrededor.) Pues ¿y el aderezo de este despacho?… Todos dicen que soy mezquino…, que me basta con que reluzcan las cerraduras de las puertas, con que los empleados lleven corbatas a la moda y con que a la entrada haya un portero gordo… ¡Pues no, señores míos!… ¡Ni el brillo de las cerraduras de las puertas ni el portero gordo son pequeñeces!… En mi casa puedo ser un modesto burgués. Comer y dormir como los cerdos, emborracharme…

JIRIN.—Le ruego suprima las indirectas.




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