La gaviota

La gaviota

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TREPLIOV.—Hacen falta nuevas formas. Nuevas formas hacen falta, y si no se encuentran, mejor es nada. (Mira el reloj.) Amo a mi madre, la quiero mucho; pero ella lleva una vida absurda, siempre va de un lado a otro con ese literato, constantemente su nombre figura en los periódicos, y esto me cansa. A veces habla en mí el egoísmo de un simple mortal, nada más; a veces siento que mi madre sea una actriz conocida, y me parece que si fuera una mujer como tantas otras, yo sería más feliz. Dígame, tío, si puede haber una situación más desesperada y absurda. A veces recibe en casa visitas: son todas personas célebres, artistas y escritores; entre ellos, el único que no es nada soy yo; y me toleran por ser su hijo. ¿Quién soy yo? ¿Qué soy yo? He abandonado la Universidad en el tercer curso por circunstancias, como suele decirse, ajenas a la redacción; soy un hombre sin talento y sin un ochavo, un simple vecino de Kiev, según reza mi pasaporte. Es que mi padre era de Kiev, aunque también era un actor de nota. Bueno, pues cuando, a veces, en el salón de mi madre, todos esos artistas y escritores me conceden su benevolente atención, me parece que con su mirada miden mi insignificancia; yo adivino sus pensamientos y sufro de humillación.

SORIN.—A propósito, a ver si me dices qué clase de hombre es ese literato. No hay modo de comprenderle. Siempre está callado.


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