La gaviota
La gaviota TREPLIOV.—Es un hombre inteligente, sencillo, un poco melancólico, ¿sabes? Es muy formal. Aún le falta bastante para llegar a los cuarenta años y ya es famoso y nada en la abundancia… En cuanto a lo que escribe… ¿qué puedo decirte? Es agradable, tiene chispa… Pero… después de Tolstói o de Zola no apetece leer a Trigorin.
SORIN.—Pues a mí los literatos me son simpáticos. En mis tiempos, dos cosas quería yo con pasión: casarme y hacerme escritor, pero no conseguí ninguna de las dos. Sí. Al fin y al cabo, hasta ser un escritor de pocos vuelos resulta agradable.
TREPLIOV.—(Se pone a escuchar.) Oigo pasos… (Abraza a su tío.) No puedo vivir sin ella. Hasta el ruido de sus pisadas es encantador… Estoy loco de felicidad. (Se dirige rápidamente al encuentro de Nina Zariéchnaia, que entra.) Mi hada, sueño de mi vida…
NINA.—(Emocionada.) No he llegado tarde… Naturalmente, no he llegado tarde…
TREPLIOV.—(Besándole las manos.) No, no, no…
NINA.—He estado inquieta todo el día, ¡tenía tanto miedo! Temía que mi padre no me dejase salir… Pero hace poco que se ha ido con mi madrastra. El cielo está rojo, ya empieza a salir la luna, y yo he arreado el caballo, ¡cómo lo he arreado! (Se ríe.) Pero estoy contenta. (Estrecha con fuerza la mano de Sorin.)