La gaviota
La gaviota ARKÁDINA.—¡Ahora resulta que ha escrito una gran obra! ¡Vaya con el niño! Así pues, ha organizado este espectáculo y nos ha perfumado con azufre no para bromear, sino para hacernos una demostración… Ha querido darnos una lección de cómo se ha de escribir y qué se ha de representar. Esto comienza ya a ser pesado. Esas constantes salidas de tono contra mí y esos alfilerazos, digan ustedes lo que quieran, ¡son para acabar con la paciencia del más pintado! ¡Es un caprichoso, cargado de amor propio!
SORIN.—Él quería darte una alegría.
ARKÁDINA.—¿Sí? Pues podía haber elegido una obra de las que se estilan y no obligarnos a escuchar ese decadente extravío. Si se trata de una broma, estoy dispuesta a escuchar incluso extravíos, pero él nos viene con la pretensión de mostrar formas nuevas y abrir una nueva era en el arte. Y creo que no estamos ante una forma nueva, sino, simplemente, ante un mal carácter.
TRIGORIN.—Cada uno escribe como quiere y como puede.
ARKÁDINA.—Que escriba como quiera y como pueda, pero que haga el favor de dejarme en paz.
DORN.—Júpiter, te enojas…
ARKÁDINA.—Yo no soy Júpiter, sino una mujer. (Enciende un cigarrillo.) No me enojo, sólo lamento que un joven pase el tiempo de manera tan aburrida. No quería ofenderle.