La gaviota
La gaviota MEDVEDENKO.—Nadie tiene motivos para separar el espíritu de la materia, pues quizás el propio espíritu es un conjunto de átomos materiales. (Vivamente, a Trigorin.) Lo que sí estaría bien, ¿sabe usted?, sería describir en una obra y luego representar en la escena cómo vivimos nosotros, los maestros. ¡Nuestra vida es dura, dura!
ARKÁDINA.—Sí, es justo, pero no hablemos de obras de teatro ni de átomos. ¡Es tan hermosa esta noche! ¿Oyen, señores? Cantan. (Escucha.) ¡Qué agradable!
POLINA ANDRÉIEVNA.—Es en la otra orilla. (Pausa.)
ARKÁDINA.—(A Trigorin.) Siéntese a mí lado. Hace diez o quince años, aquí, en este lago, casi todas las noches se oía música y canto. En esta orilla hay siete grandes fincas. Me acuerdo de las risas, del alboroto, de los disparos, y todo eran amores, idilios… El jeune premier e ídolo de todas esas seis fincas era, entonces, ese señor a quien le presento (Señala con la cabeza a Dorn.), el doctor Evgueni Sergueich. Todavía ahora es encantador, pero entonces era irresistible. De todos modos, empieza a morderme la conciencia. ¿Por qué habré ofendido a mi pobre muchacho? Estoy intranquila. (En voz alta.) ¡Kostia! ¡Hijo! ¡Kostia!
MASHA.—Voy a buscarle.
ARKÁDINA.—Haga el favor, querida.