La gaviota
La gaviota MASHA.—(Va hacia la izquierda.) ¡A-u! ¡Konstantín Gavrílovich!… ¡A-u! (Sale.)
NINA.—(Apareciendo por detrás del tablado.) Por lo visto no continuaremos; puedo irme. ¡Buenas noches! (Besa a Arkádina y a Polina Andréievna.)
SORIN.—¡Bravo, bravo!
ARKÁDINA.—¡Bravo, bravo! La hemos estado admirando. Con una figura como la suya y una voz tan maravillosa, es un pecado quedarse escondida en el campo. Usted tiene talento. No hay duda. ¿Oye? ¡Usted tiene la obligación de dedicarse a la escena!
NINA.—¡Oh, éste es mi sueño! (Suspira.) Pero no se cumplirá nunca.
ARKÁDINA.—¿Quién sabe? Permítame que le presente: Trigorin, Boris Alexéievich.
NINA.—Ah, qué contenta estoy… (Turbándose.) Siempre le leo…
ARKÁDINA.—(Haciéndola sentar a su lado.) No se azore, querida. El señor Trigorin es un hombre célebre, pero tiene el alma sencilla. ¿Ve? Él mismo se ha azorado.
DORN.—Supongo que ahora ya se puede levantar el telón; así impresiona.
SHAMRÁIEV.—(En voz alta.) Yákov, ¿por qué no levantas el telón?
(El telón se levanta.)