La gaviota
La gaviota NINA.—(A Trigorin.) ¿Verdad que es una obra extraña?
TRIGORIN.—No he comprendido nada. De todos modos, he visto la representación con agrado. Usted ha declamado con mucha sinceridad. También la decoración era magnífica. (Pausa.) Debe de haber muchos peces en este lago.
NINA.—Sí.
TRIGORIN.—Me gusta pescar con caña. Para mí no hay mayor placer que sentarme al caer de la tarde a la orilla y contemplar el flotador.
NINA.—Pero yo me figuro que para quien ha experimentado el placer de la creación artística, los demás placeres ya no cuentan.
ARKÁDINA.—(Riéndose.) No hable de este modo. Cuando le dicen palabras agradables, eso le perjudica.
SHAMRÁIEV.—Recuerdo que en el teatro de la Opera de Moscú, una vez el famoso Silva cantó el do de bajo. Como hecho adrede, aquel día ocupaba un asiento de gallinero un bajo de los que cantan en la capilla sinodal. De pronto, figúrense ustedes, cuál no sería nuestra sorpresa, oímos que gritan desde el gallinero: «¡Bravo, Silva!», ¡una octava entera más baja!… Algo así como (Con voz de bajo): «¡Bravo, Silva!»… Nos quedamos petrificados. (Pausa)
DORN.—Ha pasado un ángel silencioso volando.
NINA.—He de irme. Adiós.