La gaviota
La gaviota ARKÁDINA.—¿Adónde? ¿Adónde ha de irse tan pronto? No la dejaremos marchar.
NINA.—Papá me espera.
ARKÁDINA.—¡Qué hombre, la verdad!… (Se besan.) Bueno, qué le vamos a hacer. Es una pena dejarla marchar, es una pena.
NINA.—¡Si supiera cuánto siento tener que irme!
ARKÁDINA.—¿Y si alguien la acompañara, pequeña mía?
NINA.—(Asustada.) ¡Oh, no, no!
SORIN.—(A Nina, suplicante.) ¡Quédese!
NINA.—No puedo, Piotr Nikoláievich.
SORIN.—Quédese una horita, eso es. Qué le cuesta, la verdad…
NINA.—(Después de reflexionar un instante, con lágrimas en los ojos.) ¡Imposible! (Le estrecha la mano y se va rápidamente.)
ARKÁDINA.—La verdad, es una chica desgraciada. Dicen que su difunta madre, al morir, legó a su esposo su enorme fortuna, hasta el último kopek, y esta muchacha se ha quedado sin nada, pues el padre ya lo ha legado todo a su segunda mujer. Es indignante.
DORN.—Sí, el papaíto es una bestia auténtica, hay que hacerle plena justicia.