La gaviota

La gaviota

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

SORIN.—(Frotándose las manos ateridas.) ¿Y si nos fuéramos también nosotros, señores? Empieza a notarse la humedad. A mí me duelen las piernas.

ARKÁDINA.—Las tienes como de madera, apenas andan. Bueno, vamos, infortunado viejo. (Le toma del brazo.)

SHAMRÁIEV.—(Ofreciendo el brazo a su mujer.) ¿Madame?

SORIN.—Oigo ladrar al perro otra vez. (A Shamráiev.) Tenga la bondad de mandar que lo desaten, Ilyá Afanásievich.

SHAMRÁIEV.—No es posible, Piotr Nikoláievich, tengo miedo que me entren ladrones en el granero, guardo allí el mijo. (A Medvedenko, que va a su lado.) Sí, una octava entera más baja: «¡Bravo, Silva!». Y no era un cantante, sino un simple cantor sinodal.

MEDVEDENKO.—¿Qué sueldo tiene un cantor sinodal? (Se van todos menos Dorn.)

DORN.—(Solo.) No sé, es posible que no entienda nada o que me haya vuelto loco, pero la obra me ha gustado. Tiene un algo. Cuando esa muchacha hablaba de la soledad y luego, cuando han aparecido los ojos rojos del diablo, me temblaban las manos de emoción. Es juvenil, ingenua… Me parece que por ahí llega él. Quisiera decirle muchas cosas agradables.

TREPLIOV.—(Entra.) Ya no hay nadie.

DORN.—Estoy yo.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker