La gaviota
La gaviota TREPLIOV.—Máshenka me está buscando por todo el parque. Es una criatura insoportable.
DORN.—Konstantín Gavrílovich, su obra me ha gustado extraordinariamente. Es un poco extraña, no he oído el final, pero a pesar de todo me ha causado una fuerte impresión. Es usted un hombre de talento, ha de continuar. (Trepliov le estrecha con fuerza la mano y le abraza con arrebatado impulso.)
DORN.—¡Huy, qué nervioso! Con lágrimas en los ojos… ¿Qué quería decirle? Usted ha buscado su asunto en el terreno de las ideas abstractas. Así tenía que hacerlo porque la obra de arte ha de expresar, sin falta, alguna idea grande. Sólo es bello lo que es serio. ¡Qué pálido está usted!
TREPLIOV.—¿Así, cree usted que he de continuar?
DORN.—Sí… Pero represente sólo lo importante y lo eterno. Ya sabe usted que mi vida no ha sido nada monótona. Y que la he saboreado, no me quejo; pero si me hubiera sido dado experimentar la exaltación que suelen sentir los artistas en los momentos de su inspiración me parece que habría despreciado mi envoltura material y todo cuanto a ella se refería, y me habría elevado muy alto, muy por encima de la tierra.
TREPLIOV.—Perdón, ¿dónde está Zariéchnaia?