La gaviota

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Acto segundo

Campo de juego para croquet. En el fondo, a la derecha, la casa con gran terraza; a la izquierda se ve el lago en el cual, reflejándose, brilla el sol. Parterres. Mediodía. Hace calor. Junto al campo de juego, a la sombra de un viejo tilo, están sentados en un banco Arkádina, Dorn y Masha. Dorn tiene un libro abierto sobre las rodillas.

ARKÁDINA.—(A Masha.) Verá, levantémonos. (Se levantan las dos mujeres.) Pongámonos una al lado de la otra. Usted tiene veintidós años, yo tengo casi el doble. Evgueni Serguéievich, ¿cuál de nosotras parece más joven?

DORN.—Usted, sin duda.

ARKÁDINA.—Ya ve… ¿Y por qué? Porque yo trabajo, yo siento, estoy constantemente haciendo algo, y usted permanece siempre en el mismo lugar, no vive… Además, yo me atengo a una norma: no asomarme al futuro. Nunca pienso en la vejez ni en la muerte. Lo que deba suceder sucederá.

MASHA.—Pues yo experimento una sensación como sí hubiera nacido hace ya mucho tiempo, muchísimo; tiro de mi vida a rastras, como si se tratara de una cola sin fin… A menudo no siento ningún deseo de vivir. (Se sienta.) Naturalmente, todo eso son tonterías. Es preciso reaccionar, arrojar de sí todo eso.

DORN.—(Canturrea en voz baja.) «Contadle a ella, flores mías…»


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