La gaviota
La gaviota DORN.—(Le toma la tabaquera y la arroja entre unos arbustos.) ¡Esto es feo! (Pausa.) Me parece que en la casa hay música. Es preciso ir.
MASHA.—Espere.
DORN.—¿Qué?
MASHA.—Quiero decírselo otra vez. Deseo hablar… (Agitada.) No amo a mi padre… pero mi corazón confía en usted. No sé por qué, siento con toda el alma que usted me comprende… Ayúdeme. Ayúdeme, o haré una tontería, me burlaré de mi propia vida, la pisotearé… No puedo más…
DORN.—¿Cómo? ¿En qué puedo ayudarle?
MASHA.—Sufro. Nadie conoce mis sufrimientos, ¡nadie! (Le apoya la cabeza sobre el pecho; en voz baja.) Amo a Konstantín.
DORN.—¡Qué nerviosos están todos! ¡Qué nerviosos están todos! Y cuánto amor… ¡Oh, lago embrujado! (Con ternura.) ¿Pero qué puedo hacer yo, hija mía? ¿Qué? ¿Qué?