La gaviota
La gaviota ARKÁDINA.—Y las ratas. Lea (Se sienta.) Aunque, démelo, leeré yo. Ahora me toca a mí. (Toma el libro y busca el párrafo con la mirada.) Y las ratas… Aquí está… (Lee.) «Y, desde luego, para las personas de la alta sociedad, mimar a los novelistas y atraérselos resulta tan peligroso como para un tratante en granos criar ratas en sus graneros. Sin embargo, a los novelistas se los quiere. Así, cuando una mujer ha elegido al escritor al que desea prender en sus redes, le asedia con cumplidos, atenciones y amabilidades…». Bueno, esto quizá sea así entre los franceses, pero en nuestro país no hay nada semejante, no se dan programas de ninguna clase. Entre nosotros, una mujer, antes de tender sus redes para prender a un escritor, suele estar ya perdidamente enamorada de él, ésta es la pura verdad. No es preciso ir muy lejos para encontrar un ejemplo, vean el caso de Trigorin y mío.
(Entra Sorin, apoyándose en un bastón, acompañado de Nina; tras ellos, Medvedenko empuja un sillón de ruedas, vacío.)
SORIN.—(En un tono como el que se emplea al acariciar a los niños) ¿Sí? ¿Estamos de fiesta? ¿Estamos contentos al fin? (A su hermana.) ¡Estamos de fiesta! El padre y la madrastra se han ido a Tver, y ahora, libres por tres días.
NINA.—(Se sienta al lado de Arkádina y la abraza.) ¡Soy feliz! Ahora les pertenezco a ustedes.