La gaviota
La gaviota TRIGORIN.—Buenos días. Circunstancias imprevistas hacen que, al parecer, partamos hoy mismo. Difícil será que usted y yo volvamos a vernos alguna vez. Es una pena, pocas veces tengo ocasión de encontrar a muchachas jóvenes, jóvenes e interesantes; ya he olvidado, sin que pueda representármelo con claridad, lo que se siente a los dieciocho y diecinueve años; por esto en mis novelitas y relatos, las jóvenes muchachas suelen desentonar. Quisiera estar en su puesto aunque sólo fuera por una hora para saber cómo piensa usted y, en general, qué avecilla es usted.
NINA.—Pues yo quisiera estar en el suyo.
TRIGORIN.—¿Para qué?
NINA.—Para saber qué experimenta un famoso escritor de talento. ¿Cómo se vive la celebridad? ¿Cómo siente usted el ser célebre?
TRIGORIN.—¿Cómo? Probablemente de ningún modo. Nunca he pensado en ello. (Reflexiona.) Una de dos: o exagera usted mi celebridad o la celebridad no se experimenta de ninguna manera.
NINA.—¿Y si lee lo que de usted se dice en los periódicos?
TRIGORIN.—Cuando las palabras son de elogio, es agradable; cuando son de censura, estás luego, unos días de mal humor.