La gaviota
La gaviota TREPLIOV.—Esto ha empezado después de la velada en que mi obra se hundió tan estúpidamente. Las mujeres no perdonan el fracaso. Lo he quemado todo, hasta el último trozo de papel. ¡Si supiera usted cuán desdichado soy! Su frialdad es terrible, increíble; es como si me despertara y viera de pronto que este lago se ha secado o que ha desaparecido en la tierra. Usted acaba de decir que es demasiado simple para comprenderme. ¿Qué hay que comprender aquí? La obra no gustó, usted desprecia mi inspiración, me considera una mediocridad, una nulidad, uno de tantos… (Dando un golpe al suelo con el pie.) Lo comprendo muy bien, ¡lo comprendo! Es como si tuviera un clavo en el cerebro, maldito sea junto con toda mi idiotez, que me chupa la sangre, como una serpiente… (Viendo a Trigorin, que avanza leyendo un librito de notas.) Aquí viene un verdadero genio; camina como Hamlet, también con un libro en la mano. (Haciendo burla.) «Palabras, palabras, palabras…». Este sol aún no se le ha acercado y usted ya sonríe, su mirada ya se ha derretido al contacto de los rayos que él despide. No voy a serle un estorbo. (Sale rápidamente.)
TRIGORIN.—(Escribiendo en su libro de notas.) Sorbe rapé y bebe vodka… Siempre va vestida de negro. El maestro está enamorado de ella…
NINA.—¡Buenos días, Boris Alexéievich!