La gaviota

La gaviota

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TRIGORIN.—En carro griego… ¿Me toma usted por un Agamenón? (Sonríen los dos.)

NINA.—Por la felicidad de ser escritora o actriz, soportaría el desamor de la familia, la pobreza y las desilusiones, viviría en una buharda, comería sólo pan de centeno, aceptaría el sufrimiento de estar descontenta de mí misma y tener conciencia de mis imperfecciones; pero, a cambio, exigiría la fama… la fama auténtica, clamorosa… (Cubriéndose la cara con las manos.) La cabeza me da vueltas… ¡Uf!…

(Voz de Arkádina desde la casa:) «¡Boris Alexéievich!»

TRIGORIN.—Me llaman… Será para preparar el equipaje. Y no tengo ningún deseo de partir. (Volviéndose hacia el lago.) ¡Esto es un paraíso!… ¡Qué bien!

NINA.—Es la propiedad de mi difunta madre. Allí nací yo. He pasado toda mi vida junto a este lago y no hay en él islote que no conozca.

TRIGORIN.—¡Qué bien se está aquí! (Viendo la gaviota.) Y esto, ¿qué es?

NINA.—Una gaviota. Konstantín Gavrílovich la ha matado.

TRIGORIN.—Hermoso pájaro. La verdad, no quisiera partir. Procure convencer a Irina Nikoláievna que se quede. (Escribe algo en su librito de notas.)

NINA.—¿Qué escribe usted?


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