La gaviota

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MASHA.—¡Qué va! (Llena dos vasos.) No me mire de esta manera. Las mujeres beben más a menudo de lo que usted se figura. Las menos beben abiertamente, como yo; la mayoría, a escondidas. Sí. Y siempre vodka o coñac. (Chocan los vasos.) ¡A la suya! Es usted un hombre sencillo, lástima que se vaya. (Beben.)

TRIGORIN.—También a mí me desagrada partir.

MASHA.—Entonces, pídale que se quede.

TRIGORIN.—No, ahora no se quedará. Su hijo se comporta con una falta de tacto extrema. Primero se disparó un tiro; ahora, según dicen, quiere retarme en duelo. ¿A qué santo? Se enoja, refunfuña, aboga por nuevas formas… Pero si sobra sitio para todas, para las nuevas y para las viejas, ¿qué necesidad hay de darse empujones?

MASHA.—Además, los celos. De todos modos, esto no es cosa mía.

(Pausa. Yákov cruza la escena de izquierda a derecha llevando una maleta; entra Nina y se detiene junto a la ventana.)


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