La gaviota
La gaviota MASHA.—Mi maestro no es muy inteligente, pero tiene buen corazón, es pobre y me quiere mucho. Me da pena. También me da pena su madre, que es viejecita. Bueno, permítame desearle a usted lo mejor. No guarde de mí un mal recuerdo. (Le estrecha fuertemente la mano.) Le agradezco mucho su amabilidad. Envíeme sus libros y no se olvide de la dedicatoria. Pero no escriba: «A la muy respetable», sino, simplemente: «A María, que no recuerda a sus allegados, ni sabe para qué vive en este mundo». ¡Adiós! (Sale.)
NINA.—(Tendiendo hacia Trigorin la mano cerrada.) ¿Pares o nones?
TRIGORIN.—Pares.
NINA.—(Suspirando.) No. Sólo tengo en la mano un guisante. Quería resolver el dilema: ¿me hago actriz o no? ¡Si por lo menos hubiera alguien que pudiera aconsejarme!
TRIGORIN.—En estas cosas no pueden darse consejos. (Pausa.)
NINA.—Nos separaremos y… probablemente no volveremos a vernos jamás. Le ruego acepte en recuerdo mío este pequeño medallón. He hecho grabar en él sus iniciales… y por la otra parte el título de su libro Los días y las noches.
TRIGORIN.—¡Qué bonito! (Besa el medallón.) ¡Es un magnífico regalo!
NINA.—Acuérdese de mí alguna vez.