La gaviota
La gaviota MEDVEDENKO.—El jardín está oscuro. Haría falta mandar que desmonten ese teatro del jardín. Ahí está, desnudo, horrible, como un esqueleto, y el viento hace batir el telón. Ayer, al pasar cerca de allí, de noche, me pareció que alguien estaba dentro, llorando.
MASHA.—Vaya, hombre… (Pausa.)
MEDVEDENKO.—Vámonos a casa, Masha.
MASHA.—(Mueve negativamente la cabeza.) Pasaré la noche aquí.
MEDVEDENKO.—(Suplicante.) Masha, ¡vámonos! A lo mejor nuestro pequeñín tiene hambre.
MASHA.—¡Bah! Matriona le dará de comer. (Pausa.)
MEDVEDENKO.—Me da pena. Es ya la tercera noche que no ve a su madre.
MASHA.—Qué latoso te has vuelto. Antes, por lo menos, a veces filosofabas; pero ahora siempre me vienes con la misma canción: el pequeño, a casa, el pequeño, a casa, y no hay modo de sacar de ti otra cosa.
MEDVEDENKO.—Vamos, Masha.
MASHA.—Vete tú.
MEDVEDENKO.—Tu padre no me dará el caballo.
MASHA.—Te lo dará. Pídeselo y te lo dará.
MEDVEDENKO.—Está bien, se lo pediré. ¿Así pues, volverás mañana?
MASHA.—(Olisquea rapé.) Bueno, mañana. Qué pesado.