La gaviota
La gaviota (Se abre la puerta de la izquierda; Dorn y Medvedenko empujan el sillón en que está sentado Sorin.)
MEDVEDENKO.—En casa tengo ahora seis personas. Y la harina está a setenta kopeks el pud.
DORN.—Y arréglatelas como quieras.
MEDVEDENKO.—Usted puede reír, usted tiene la bolsa bien repleta.
DORN.—¿La bolsa repleta? En treinta años de ejercicio, amigo mío, años intranquilos, durante los cuales no he tenido míos ni los días ni las noches, logré reunir tan sólo dos mil rublos y me los he gastado no hace mucho en el extranjero. No tengo nada.
MASHA.—(A su marido.) ¿No te has ido?
MEDVEDENKO.—(Como si fuera culpable.) ¿Qué quieres que haga? ¡No me dan el caballo!
MASHA.—(Con amargo despecho, a media voz.) ¡Ojalá mis ojos no te vieran!
(Detienen el sillón en la mitad izquierda de la estancia; Polina Andréievna, Masha y Dorn se sientan cerca de él. Medvedenko, entristecido, se aparta.)
DORN.—¡Cuántos cambios hay aquí! De un salón han hecho un gabinete.
MASHA.—A Konstantín Gavrílovich le resulta más cómodo trabajar aquí. Puede salir al jardín a meditar cuando quiere. (Se oyen los golpes del guarda.)
SORIN.—¿Dónde está mi hermana?