La gaviota

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MASHA.—El aire es sofocante, es probable que esta noche haya tempestad. Usted siempre está filosofando o hablando de dinero. Para usted no hay desgracia mayor que la de ser pobre; en cambio, para mí es mil veces preferible ir harapiento y pedir limosna que… De todos modos, esto usted no puede comprenderlo…

(Entran por la derecha Sorin y Trepliov.)

SORIN.—(Apoyándose en un bastón.) Hermano, el campo no me convence y, como es natural, nunca me acostumbraré a vivir aquí. Ayer me acosté a las diez y hoy me he despertado a las nueve con la sensación de que, por el mucho dormir, el cerebro se me había pegado al cráneo, eso es. (Se ríe.) Después de comer, he vuelto a dormirme, sin querer, y ahora me siento molido, tengo una pesadilla, al fin y al cabo…

TREPLIOV.—Tienes razón, necesitas vivir en la ciudad. (Al ver a Masha y a Medvedenko.) Señores, cuando empiece el espectáculo, les llamaremos ahora no se puede estar aquí. Tengan la bondad de retirarse.

SORIN.—(A Masha.) María Ilínichna, haga el favor de rogar a su papá que mande desatar el perro; si no el animal no dejará de ladrar. Mi hermana no ha podido pegar el ojo en toda la noche.

MASHA.—Hable con mi padre usted mismo, yo no lo haré. Con su permiso, señores. (A Medvedenko.) ¡Vámonos!


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