La gaviota
La gaviota MEDVEDENKO.—(A Trepliov.) Cuando vayan a empezar, mande usted aviso. (Salen los dos.)
SORIN.—Total, que el perro volverá a ladrar toda la noche. ¡Vaya historia! En el campo nunca he vivido a gusto. Antes me tomaba a veces veintiocho días de permiso y me venía aquí para descansar a placer, pero éste es un sitio donde tan pronto llegas te asan con estupideces, así que ya el primer día te entran ganas de marcharte. (Se ríe.) Siempre me he marchado de aquí encantado de irme… Pero ahora ya estoy retirado, no tengo adónde ir, ésta es la cuestión. Me guste o no, aquí he de quedarme.
YÁKOV.—(A Trepliov.) Konstantín Gavrílovich, nos vamos a bañar…
TREPLIOV.—Está bien, pero dentro de diez minutos os quiero de vuelta. (Mira el reloj.) Pronto vamos a empezar.
YÁKOV.—Entendido. (Sale.)
TREPLIOV.—(Dirigiendo la mirada al tablado.) Aquí tienes un teatro. El telón, luego el primer bastidor, luego el segundo y, después, espacio libre. Ninguna decoración. La vista se abre directamente sobre el lago y el horizonte. Levantaremos el telón a las ocho y media en punto, cuando salga la luna.
SORIN.—Magnífico.