La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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Según su testimonio, las mujeres entraban al servicio de los miembros de la administración, incluido los guardianes solteros. En 1872 el gobernador general de Siberia Oriental Sinélnikov prohibió el empleo de deportados en el servicio doméstico. Pero esa prohibición, que hasta la fecha sigue teniendo carácter de ley, es quebrantada con el mayor descaro. Un registrador colegiado se asigna media docena de criados y, cuando se va de excursión, envía por delante a una decena de condenados con las provisiones. Los comandantes de la isla, generales Hintze y Kononóvich, han luchado contra ese mal, pero no con la energía suficiente; al menos yo solo he encontrado tres ordenanzas que hagan referencia al problema de la servidumbre, y de tal carácter que cada uno podía interpretarlas a su manera. El general Hintze, derogando en apariencia el decreto del gobernador general, autorizó en 1885 (Ordenanza N.º 95) que los funcionarios emplearan presas como criadas si les pagaban dos rublos al mes, que debían engrosar las arcas del Tesoro. En 1888 el general Kononóvich anuló la disposición de su predecesor precisando que «los presos, tanto hombres como mujeres, no podrán ser empleados como criados por los funcionarios, y las mujeres no podrán demandar ningún salario. Pero, como los edificios del Estado y sus dependencias no pueden estar sin supervisión ni mantenimiento, se permite asignar a cada uno de ellos la cantidad necesaria de hombres y mujeres, que serán designados como guardias, encargados de la calefacción, limpiadores de suelo, etc.» (Ordenanza N.º 276). Pero como los edificios del Estado y sus dependencias se componen, en su mayor parte, de alojamientos de funcionarios, la disposición se interpretó como una autorización a emplear presos como criados y, además, gratis. En cualquier caso, en 1890, durante mi estancia en Sajalín, todos los funcionarios, incluso los que no tenían ninguna relación con la administración de la cárcel (por ejemplo, el director de la estafeta de correos) empleaban presos de la forma más descarada para las tareas domésticas, sin pagar ningún salario a esos criados, alimentados a costa del Estado.


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