La isla de Sajalin

La isla de Sajalin

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El despilfarro de energía no es menor en los diversos servicios de la cárcel, donde cada día desempeñan sus funciones cocineros, panaderos, sastres, zapateros, aguadores, limpiadores de suelos, ayudantes, pastores, etc. La administración militar, la de telégrafos y la de agricultura también tienen derecho a mano de obra forzada. Cerca de cincuenta personas están destinadas a la enfermería de la prisión, sin que se sepa en calidad de qué ni con qué objeto, mientras el número de presos ocupados como criados de los funcionarios resulta incalculable. Por lo que he podido averiguar, todo funcionario, hasta un simple ordenanza, puede conseguir cuantos servidores quiera. El médico en cuya casa me alojaba, que vivía solo con su hijo, tenía cocinero, portero, pinche de cocina y doncella. Un gran lujo para el médico adjunto de una cárcel. Uno de los inspectores de la cárcel tenía ocho sirvientes en su plantilla: una costurera, un zapatero, una doncella, un lacayo mandadero, una niñera, una lavandera, un cocinero y una sirvienta. El problema de la servidumbre en Sajalín, como probablemente en todas las colonias penitenciarias, es lamentable, ofensivo y nada nuevo. En su Breve bosquejo de la desorganización del penal Vlásov escribe que en 1871, cuando llegó a la isla, lo que le dejó más estupefacto fue que «los presos, con la autorización del anterior gobernador general, constituían la servidumbre del comandante y de los oficiales».


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