La isla de Sajalin
La isla de Sajalin Lo que en Aleksándrovsk se llama con grandilocuencia «factoría industrial» tiene, visto desde fuera, un aspecto excelente, pero por el momento carece de significación seria. En el taller de fundición, dirigido por un mecánico que había aprendido el oficio por su cuenta, vi campanas y ruedas de vagón y carretilla, un molino de sangre, una máquina para perforar, grifos, accesorios de estufa, etc., pero salí con la impresión de no haber visto más que juguetes. Son unos objetos excelentes, pero no tienen ninguna salida; habría sido más rentable, para responder a las necesidades del lugar, procurarse esos objetos en el continente, o incluso en Odesa, que instalar una maquinaria propia y mantener una plantilla de obreros asalariados. Naturalmente sería un gasto más que justificado si los talleres sirvieran de escuelas donde los presos pudieran aprender oficios; pero en realidad en la fundición y en el taller no trabajan presos, sino obreros cualificados y colonos que reciben un salario de dieciocho rublos al mes. Hay un entusiasmo demasiado evidente por el objeto en sí; las ruedas y los martillos de vapor retumban y la maquinaria silba solo en nombre de la calidad del objeto y de su salida comercial; pero las consideraciones comerciales o artísticas no tienen nada que ver con una penitenciaría; en Sajalín, como en cualquier otra colonia del mismo tipo, todas las empresas deberían tener como objetivo inmediato y a largo plazo la regeneración del criminal. En definitiva, los talleres locales no tendrían que esforzarse por enviar al continente puertas de estufa y grifos, sino hombres útiles y obreros bien formados.