La isla de Sajalin

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El médico en cuya casa me alojaba regresó al continente poco después de haber sido licenciado, por lo que me instalé en casa de un joven funcionario muy amable. Solo tenía una criada, una vieja ucraniana condenada al penal, amén de un preso llamado Yegor que pasaba cuando le parecía, aproximadamente una vez al día, y se ocupaba de la estufa; no se le consideraba un criado, sino que, «por deferencia», traía leña, tiraba el agua de fregar y, en general, se ocupaba de todas las actividades que resultaban demasiado pesadas para la vieja. A veces, cuando estaba leyendo o escribiendo algo, oía de pronto un susurro y un jadeo, y percibía la presencia de un cuerpo pesado moviéndose junto a mis pies. Era Yegor, descalzo, que recogía trocitos de papel debajo de la mesa o limpiaba el polvo. Tiene unos cuarenta años, es un hombre desgarbado, torpe, un «tarugo», como suele decirse, con un rostro simple y obtuso y una boca como la de un lucio. Es pelirrojo, con una barbita rala y unos ojos diminutos. No responde de inmediato a las preguntas, sino que primero mira de reojo y exclama: «¿Qué?», o bien «¿Qué quiere?». Me llamaba «excelencia», pero me trataba de «tú». No podía estar un minuto sin hacer nada y siempre encontraba algo en lo que ocuparse. Mientras habla contigo, busca con los ojos algo que recoger o limpiar. Solo duerme dos o tres horas al día, pues sus numerosas tareas le impiden dedicar más horas al sueño. Los días de fiesta suele apostarse en una encrucijada con una chaqueta por encima de la camisa roja, el estómago hacia fuera y las piernas separadas. A eso lo llamaba «pasarlo bien».


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